Nuestro Fundador

 
MARCELINO CHAMPAGNAT

marcelinoEl Colegio Manuel Concha es dirigido por los Hermanos Maristas, congregación religiosa fundada en enero de 1817 por San Marcelino Champagnat, un sacerdote francés cuyo sueño e inspiración consistieron en “dar a conocer a Jesucristo y hacerlo amar”, viendo en la educación el medio de llevar a los jóvenes a la experiencia de la fe, y hacer de ellos “buenos cristianos y virtuosos ciudadanos”.

Marcelino Champagnat nace en el poblado de El Rosey, cerca de Lyon, Francia, el 20 de mayo de 1789, en el momento en que estalla la Revolución Francesa, fue el noveno hijo de una familia trabajadora campesina y profundamente cristiana.

Vive una infancia agitada por las inquietudes revolucionarias de su padre y recibe una educación eminentemente familiar. Su madre y una tía, que había llevado una formación religiosa en el convento, despiertan en él una fe sólida y una profunda devoción a María. Su padre, agricultor y comerciante, poseía una instrucción superior a la normal en aquellos pueblos; abierto a las nuevas ideas, desempeña un papel político importante en el ayuntamiento y en toda la región. Sabe inculcar en Marcelino la aptitud para los trabajos manuales, el gusto por la acción, el sentido de la responsabilidad y la apertura a las ideas innovadoras.

Cuando Marcelino tiene 14 años, un sacerdote le hace descubrir que Dios lo llama al sacerdocio. Aunque su escolaridad había sido muy deficiente, se pone a estudiar con todo ardor, “porque Dios lo quiere”, mientras sus familiares cercanos, conocedores de sus limitaciones, tratan de disuadirle. Los años difíciles de su estancia en el seminario menor de Verrieres (1805-1813) son para él una etapa de extraordinario crecimiento humano y espiritual.

En el seminario mayor de Lyon tiene por compañeros, entre otros, a Juan María Vianney, futuro cura de Ars y a Juan Claudio Colín, que más tarde será el fundador de los Padres Maristas. Forma con otros seminaristas un grupo cuyo proyecto es fundar una congregación que comprendiera sacerdotes, religiosas y una orden tercera, que llevaría el nombre de María, la “Sociedad de María”; su finalidad sería recristianizar a la sociedad civil. Conmovido por la miseria cultural y espiritual de los niños de los pueblos, Marcelino siente la urgencia de crear dentro del grupo una Congregación de Hermanos que se dedicaran a la educación cristiana de la juventud. Decía con frecuencia: “No puedo ver a un niño sin sentir el deseo de decirle cuánto le ama Jesucristo”.

Es ordenado sacerdote el 22 de julio de 1816 y destinado a La Valla, una parroquia rural en las montañas del centro de Francia, como coadjutor. Al día siguiente de su ordenación, este grupo de sacerdotes jóvenes va a consagrarse a María y a poner su proyecto bajo su maternal protección en el Santuario de Nuestra Señora de Fourviere.

En su parroquia, la visita a los enfermos, la catequesis de los niños, la atención a los pobres y el fomento de la vida cristiana en las familias son las actividades esenciales de su ministerio. Su predicación, sencilla y directa, su profunda devoción a María y su ardiente celo apostólico marcan profundamente a sus feligreses.

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Marcelino queda dolorosamente conmovido al encontrar a un joven de 17 años que está a punto de morir y que no conoce nada de Dios. Este hecho le mueve a poner en práctica su idea de fundar un grupo de hermanos dedicados a la instrucción cristiana de los niños del campo.

El 2 de enero de 1817, sólo seis meses después de llegar a la Parroquia de La Valla, el joven coadjutor Marcelino, de 27 años de edad, reúne a sus dos primeros discípulos. De esta manera, en medio de la mayor pobreza, humildad y confianza en Dios, nace la Congregación de los Hermanitos de María o Hermanos Maristas, bajo la protección de la Santísima Virgen, buscando ayudar a resolver las grandes necesidades de educación y formación religiosa de los jóvenes. Al mismo tiempo que atiende a sus deberes de coadjutor de la parroquia, forma a sus Hermanos, preparándoles para su misión de maestros cristianos, de catequistas y de educadores de los jóvenes, y se va a vivir con ellos. Apasionado por extender el Reino de Dios y consciente de las inmensas necesidades de la juventud de los ambientes rurales, logra convertir a los jóvenes campesinos que viven con él en apóstoles de Cristo y de María. En seguida empieza a abrir escuelas y pronto la casita de La Valla, ampliada con el trabajo de sus propias manos, se queda pequeña. Las dificultades son enormes. Algunos sacerdotes no comprenden el proyecto de este humilde coadjutor sin experiencia y sin dinero. Sin embargo, los ayuntamientos no dejan de pedir que les envíe Hermanos para que trabajen en la instrucción y educación cristiana de los niños de sus municipios.

Marcelino y sus Hermanos participan en la construcción de una nueva casa capaz de acoger a más de cien personas, a la que da el nombre de Nuestra Señora del Hermitage. En 1825, liberado de su cargo de coadjutor de la parroquia, se dedica por completo a su Congregación, atendiendo especialmente a la formación y acompañamiento espiritual, pedagógico y apostólico de sus Hermanos,  la supervisión de las escuelas y  la fundación de nuevas obras.

Como hombre de fe profunda, Marcelino no deja de buscar la voluntad de Dios en la oración y el diálogo con las autoridades religiosas y con sus Hermanos. Consciente de sus limitaciones, no cuenta más que con Dios y con la protección de María, la “Buena Madre”, “Recurso Ordinario” y “Primera Superiora”. Su humildad profunda y su vivo sentido de la presencia de Dios le permiten sobrellevar numerosas pruebas con una gran paz interior. Le gusta repetir a menudo las palabras del salmo 126: “Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles”, convencido de que su Congregación de Hermanos es la obra de Dios  y de María, adopta la divisa: “Todo a Jesús por María, todo a María para Jesús” que permanecerá como lema que guía nuestro trabajo, tanto aquí en México como en otras partes del mundo.

Las gestiones para lograr el reconocimiento legal de su Congregación le llevan mucho tiempo y le piden mucha energía y espíritu de fe. Pero no deja de repetir: “Cuando se tiene a Dios de nuestra parte y cuando no se cuenta más que con Él, nada nos es imposible”.

La enfermedad logra vencer su robusta constitución. Agotado por el trabajo, muere el 6 de junio de 1840, a los 51 años de edad, dejando a sus Hermanos este precioso mensaje: “Que no haya entre nosotros más que un solo corazón y un mismo espíritu. Que se pueda decir de los Hermanitos de María, como de los primeros cristianos: mirad cómo se aman”.

La Iglesia ha reconocido a Marcelino Champagnat como fiel discípulo de Jesucristo y fervoroso hijo de María. El Papa Pío XII, el 29 de mayo de 1955, reconoce la trascendencia de la obra y virtudes proclamándolo Beato y el Papa Juan Pablo II, el 18 de abril de 1999, lo proclama Santo.

La espiritualidad que nos legó San Marcelino Champagnat tiene carácter mariano y apostólico. Brota del amor de Dios, se desarrolla por nuestra entrega a los demás y nos lleva a Dios Padre. Jesús lo es todo para nosotros, como lo fue para María. A ejemplo del Fundador, vivimos en presencia de Dios y nuestro dinamismo proviene del misterio de Belén,  la Cruz y el Altar.